La farsa del turismo actual


Hace más de 50 años, viajar significaba visitar destinos intactos, ver una ciudad o un pueblo en su estado original y poder observar su gente realizando sus actividades cotidianas, fueran las que fueran. En la gran mayoría de los destinos, el turismo tenía una influencia prácticamente nula sobre el ADN del lugar. Pero todo esto empezó a cambiar con el auge del turismo en los años 60, cuando pasó a ser otra actividad más de ocio de la clase media y alta de los países del primer mundo. Ciertos sitios, como la Costa del Sol, dejaron de ser lo que habían sido para siempre. Sin embargo, la gran revolución del turismo todavía estaba por llegar, y esta vino de la mano del abaratamiento de los costes de transporte y de la aparición de las aerolíneas low-cost. Esta versión 3.0 terminó con la vida original de la mayoría de destinos que tenían algo que ofrecer.

Esta masificación es la responsable, por ejemplo, de que todas las calles de las principales ciudades turísticas europeas sean idénticas: un McDonald’s en cada esquina con un Burger King delante, más restaurantes de comida rápida, restaurantes italianos y un sinfín de tiendas de souvenirs. O, a pesar de estar separados por medio mundo, ¿qué diferencia hay entre pasar unas vacaciones en Puhket o hacerlo en Punta Cana? En ambos destinos hay hoteles majestuosos con todo incluido, bellas playas que han sido “reformadas”, turistas quemados y borrachos, y prostitutas locales que intentan ganarse la vida. Sinceramente, si a uno le teletransportaran con los ojos vendados a uno de estos sitios tardaría en reconocer en qué parte del mundo está.

Con esta nueva situación, y la parcial comprensión por parte de la demanda de esta nueva realidad, el mercado ha pasado a estructurarse en, simplificando, dos tipos de productos: commodities y destinos auténticos.

Las commodities son aquellas que no tienen valor de diferenciación y que principalmente compiten por precio, porque su demanda sólo busca un concepto que en la mayoría de los casos es independiente del destino por sí mismo.  A un español que quiere vacaciones en el trópico por relax normalmente le da igual ir a Cancún que a Varadero, y lo mismo pasa con un inglés que normalmente había pasado las vacaciones en España, pero que ahora que el cambio Libra-Euro está más caro prefiere irse a Turquía, donde también da el sol. Incluso a los jóvenes que quieren viajar un fin de semana por Europa a menudo les da igual el destino, por lo que consultan a Ryanair dónde hay billetes a 0’99€ para un fin de semana concreto o utilizan herramientas tipo la “Lanzadera” de atrapalo.com, que consiste en introducir un aeropuerto de salida, el día aproximado de la salida y los días de estancia… y voilà, uno se encuentra con un mapa que clasifica los ciudades según el precio del billete. Todas esas ciudades principalmente están compitiendo por precio en ese momento, por nada más.

Coste total de los billetes (ida-vuelta) desde Barcelona para un fin de semana de octubre

Pero, por otra parte, también existe una demanda que cuando viaja busca la autenticidad u originalidad del destino que visita. Son los turistas que quieren ir a París, a Nueva York o incluso a Las Vegas, porque no hay nada que se les parezca, por mucho turista que haya. Otros se van a Burkina Faso, donde la infraestructura turística es prácticamente nula, pero donde pueden contemplar algo real sin que ellos sean los protagonistas. Y en este caso, la realidad de Burkina Faso, guste o no, es distinta a lo que uno está acostumbrado a ver.

Estos últimos turistas, sólo por el hecho de que quieren viajar a ese lugar, y que lo que mueve su dinero es el destino y no el concepto (sol, borrachera, relax, etc.), están dispuestos a gastar más, o por lo menos no miran el precio con tanta atención como los otros. Y esto los convierte en deseados. De ahí que últimamente se haya puesto de moda entre los diversos destinos turísticos del mundo apelar a su autenticidad o a algo que los haga únicos. Es una manera más de diferenciarse y eliminar la competencia. Marruecos, por ejemplo, tiene como reclamo “Travel For Real”, Malasia se promociona como “Truly Asia”, Tobago como “The Real Caribbean” y Perú es “La tierra de los Incas”.

Pero lo cierto es que cada vez cuesta más encontrar destinos únicos, y aquellos que realmente tenían algo único acaban perdiendo su autenticidad y se convierten en un decorado de cartón piedra. Es el caso de Marrakech, el paradigma del turismo en Marruecos, que en sus inicios sí, tenía algo especial, pero ha terminado por convertirse en un parque temático, donde todo está pensado y condicionado por el turismo. Igual que si alguien se va a Cadaquès, que se vende como un pueblecito típico de pescadores, pero de eso ya no queda anda hoy en día. Y sí, sigue siendo un pueblo precioso, pero ha perdido su carácter y ya nunca lo va a recuperar. Quien va allí, va a un museo. Sin embargo, ¿es esto hacer turismo de verdad?

Muchos de los destinos auténticos actuales se están masificando, con lo que tarde o temprano terminaran por ser tan poco diferenciales que también acabaran siendo commodities, no del tipo “sol y playa”, pero commodities al fin y al cabo. Un destino que realmente quiera preservar su autenticidad lo que debería hacer es luchar para que aquello que tiene de especial lo continúe siendo. Muchas veces visitamos bellezas naturales, pero en el futuro, lo que hará verdaderamente diferencial a un destino será poder observar una sociedad o pueblo cuyo un modo de vida es distinto. Y lo más importante de todo es que este modo de vida sea ajeno al turismo. El turista nunca debería ser el protagonista ni convertirse en la principal fuente de vida de un lugar. El destino, con todo lo que incluye, es quien debe ser el único protagonista.

bullicio en la medina de Tetouan, donde no hay ni una tienda enfocada al turismo

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