¡Esto no es un derbi!


En el mundo del deporte hay muchas rivalidades que acaban desembocando en lo que popularmente se conoce como un derbi. Míticos son en el mundo del futbol los Celtic-Rangers en la ciudad de Glasgow, el “clásico” entre el FC Barcelona y el Real Madrid en España o el PSG-Olympique de Marsella, el derbi francés por excelencia. Hay algunos, como el Panathinaikos-Olympiakos, que abarcan todos los deportes en que esos dos equipos atenienses participan, alcanzando un nivel de intensidad máximo en cada uno de ellos.

Los derbis, sobretodo tal y como los conocemos en Europa, son vibrantes. Hay sentimiento. La mayoría de ellos responden a una rivalidad histórica que se ha transmitido de padres a hijos durante el último siglo. Los seguidores lo viven más que cualquier otro partido. Porque en muchos de ellos hay más en juego que una simple victoria deportiva entre dos eternos rivales. Se trata de un partido que trasciende el ámbito deportivo.  Por ejemplo, el “clásico”, además de futbol, para muchos significa el choque entre dos visiones opuestas de entender el estado español. El derbi escocés, por otra parte, es un versus entre católicos y protestantes, que aunque pueda parecer que se trata de una rivalidad religiosa es más bien una lucha política.

Un derbi es pasión, un sentimiento de felicidad superior en el caso de victoria y un sentimiento de rabia exagerado en caso de perder. Hay derbis o rivalidades tan fuertes que no requieren de un enfrentamiento directo entre los dos equipos. Conocida es la actitud de los jugadores y seguidores del Espanyol de Barcelona cuando se enfrentan al Real Madrid. No les importa perder porque saben que van a fastidiar al Barça. Conocida también es la rivalidad entre los dos equipos de futbol de la ciudad de Roma. Esta primavera la Lazio demostró el paradigma de un derbi auténtico: se jugaba el descenso a falta de dos jornadas para el final de la Seria A (primera división italiana) y se enfrentaba en casa al Inter de Milán. Una victoria era vital de cara la salvación, pero significaba dejar el campeonato en bandeja del AS Roma. ¿Qué pasó? Los jugadores de la Lazio literalmente no hicieron nada, rayando e incluso cruzando por momentos lo que debería ser una actitud profesional de un jugador de futbol, y como resultado  perdieron por 0-2. La afición local, que no podía ser menos, celebró los  dos goles del Inter, que virtualmente le daban el campeonato en detrimento del AS Roma. Guste o no, esto es un derbi.

Sin embargo, la palabra “derbi” parece haberse prostituido últimamente. Cada vez hay más periodistas deportivos que le llaman derbi a cualquier enfrentamiento, menospreciando el significado real de esta palabra, haciendo que ésta pierda fuerza y se empiece a confundir con  un simple partido entre dos equipos de una misma región o ciudad. ¡Incluso una vez hubo un periodista que se refirió al enfrentamiento entre el Barcelona de balonmano y el Ciudad Real como un derbi! Simplemente por el hecho que en las últimas temporadas han sido los dos equipos que han estado en la cabeza de la clasificación. Sin duda, este señor no pensó que un derbi son más cosas. Pero como seguramente se trata del típico periodista deportivo* con pocos recursos, tuvo que recurrir a la exageración y al uso de adjetivos sin sentido para darle emoción a la retransmisión. Otro día le dará por la redundancia, como el famoso “fíjense como está lloviendo, de arriba a abajo”, pero ese día le dio para hacer una hipérbole.

Pero esto no sólo pasa en España. Hace más de dos años tuve la oportunidad de vivir un derbi descafeinado en la ciudad australiana de Perth. Se enfrentaban los dos equipos locales de footy, rugby con reglas australianas, seguramente el deporte más popular del país. West Coast Eagles contra Fremantle Dockers. La semana previa al choque los medios de comunicación regionales hablaban de “The Western Derby” (el derbi del oeste). Por lo que uno podía leer y escuchar, se trataba de un derbi de verdad, de algo que realmente trascendía a un simple partido. Sin embargo, todo eso resulto ser un espejismo. De entrada, se trataba de dos clubes que habían sido fundados en 1995, con lo que mucha historia no había detrás. Los seguidores, en función de la temporada, eran de un equipo o de otro. Conocí a un chico que incluso tenía abonos de los dos equipos. Había gente que en su momento decidió ser seguidora de los Eagles en detrimento de los Dockers porque le gustaba más el color amarillo de su equipación. Y así, un sinfín más de anécdotas. Con estas perspectivas, uno ya va al partido con menos expectativas. Pero aún así, lo que allí vi me sorprendió. Los seguidores de uno y otro equipo estaban totalmente mezclados en las graderías. Había familias con los colores de uno y otro equipo. Lo mismo con grupos de amigos. Cuando un equipo marcaba, sus seguidores lo celebraban, pero con un entusiasmo bastante relativo. El partido terminó con victoria de los Dockers, y todo el mundo contento, como si hubieran ido al cine. Increíble.

En conclusión, no hay discusión alguna en que el deporte tiene que escapar la violencia, y con esto estoy de acuerdo que hay muchos derbis que se van de madre, pero un poco de pasión y rabia no hace daño a nadie. Y si no la hay, no la hay, pero no lo vendan como un derbi por favor.

 

 

 

 

 

*Hay buenos periodistas deportivos, pero dado que cada vez escasean más, permítanme generalizar.

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